Unos alumnos de bachillerato muy comprometidos amplían el huerto de árboles frutales dispersos
El «huerto de árboles dispersos». Se considera un símbolo de la agricultura tradicional y nos trae a la mente cosas como: recoger manzanas, zumos de fruta recién exprimidos, mermelada casera, tarros de conserva llenos en la despensa… ¿y quizá también te recuerde a «Los niños de Bullerbü»?
Además, los huertos tradicionales ofrecen un hábitat a un montón de especies animales y vegetales, por lo que se consideran, con razón, un punto clave para la biodiversidad. Son una parte importante del paisaje cultural, y no solo en Hesse. Sin embargo, debido a las medidas de reestructuración en el sector agrícola (directivas de la UE), la expansión de las zonas de nueva construcción, la falta de interés, las medidas de mantenimiento necesarias, la sequía (cambio climático), etc., su población se ha visto muy mermada y está en peligro. Por eso, los huertos tradicionales están protegidos según la Ley de Refuerzo de la Biodiversidad.
Uso como «aula verde»
Como el matorral del prado casi nunca se siega, está lleno de flores y sirve de fuente de alimento para muchas especies de insectos, como las abejas silvestres, que están protegidas. Es obvio que el huerto de árboles frutales de la escuela también se usa como «aula verde» en las clases de Biología, para estudiar y observar la flora y la fauna o, simplemente, para «disfrutar» de la naturaleza.
Por supuesto, con el tiempo también se pretende que sean los propios alumnos y alumnas quienes recojan la fruta y la preparen y degusten en el marco de proyectos educativos.
Como la fruta se consume y se procesa allí mismo, se evitan los largos trayectos de transporte habituales, con las emisiones nocivas para el clima y el consumo de energía que conllevan. ¡Así, el huerto tradicional también aporta una contribución importante a la protección de la naturaleza y del clima! Y además: el huerto de árboles dispersos seguramente también «endulzará» alguna que otra clase.
En este contexto, las clases de Biología de nivel avanzado, las de Biología de nivel básico y las de Ciencias Políticas de nivel básico (impartidas por la profesora Carmen Bastian) han decidido ampliar el huerto de árboles frutales —que ya se había creado en el marco de las clases de proyectos de 3.º de ESO— con veinte árboles frutales más. La vestimenta recomendada para la ocasión: guantes de trabajo, pantalones de trabajo, además de una azada y una pala. ¡Gracias a los padres por prestárnoslos!
Divididos en «equipos de plantación de árboles», los alumnos y alumnas empezaron a cavar hoyos y a envolver las raíces de los árboles con alambre para protegerlas. Se plantaron los árboles, se sujetaron a un poste [por lo general, bien rectos ;-)] y se regaron.
La pregunta de si solo se regaron las raíces o si, además, «sin querer», también se regó algún que otro pie de los alumnos y alumnas, sigue sin respuesta.
Para terminar, cada «equipo de plantación» le puso un nombre a su árbol, elegido por ellos mismos. Esta «ceremonia» no tuvo motivos religiosos, políticos, esotéricos ni nada por el estilo. Sino que:
«Plantar un árbol es divertido y sostenible».
Que la cita «Si supiera que mañana se acabara el mundo, hoy plantaría un manzanito» sea realmente de Lutero o se le haya atribuido erróneamente, no influyó en nada a la hora de ampliar el huerto de árboles frutales dispersos.
¿Se hará realidad el deseo de disfrutar de una manzana de «tu propio árbol» —en el marco de una fiesta de otoño dentro de unos años J—? Ya veremos.
Jana Müller, BIO-LK Q2
















